(bajar para versión en castellano)

LEAVE YOUR TONE AFTER THE MESSAGE

Sergio Jiménez

Injected by surprise, one remains paused.

It is surprising to find oneself mending worn down walls; or venerating ruined fences, dislocated notices and the road signs of any modern city. It is surprising to find oneself applying a gallery perspective to the street. Focussing on what needs to be fixed, on a fissure in the day-to-day cityspace and on a city that has been rebooted through the eyes of an artist.

Against the insatiable metastasis of publicity, Juan López restores the commercial smile. But it is not a friendly, tie-wearing “buy here and now” smile any more. It is a warm smile, which encourages trust. It keeps the tone, but not the intention. Its words come when the seller has left, like a breath of optimism. Cheer up! –they seem to say– there’s hope yet.

Adhesive tape, vinyl, utility knives, DIY and cut and paste stuff. Organic intentions with a creeping, climbing effect. Austere materials may raise some doubts, but they also bring to mind an affable and accessible person, who is one of us. A wall-painting mechanic.

Juan López, tight-rope artist.

A striking, makeshift-looking drawing is made from waste materials: cut-up pieces of vinyl, recycled typographies, old posters… All the elements act as a creeping stain that extends the life of an already dying advertising space. And if it is dying, it is because its message is no longer conveyed or received. Like a missed call.

Typographical messages and industrial signage in the form of wordplay, pitching heartening messages and making jokes in a corporate-sounding style. Juan uses surprise as a device, concealing messages in places where –due to the intrinsic rhythm of the city– sooner or later passersby will discover them. A changing landscape. A voice heard in the street, a voice which sounds like it belongs to a company. A voice on top of the words.

In effect, we could say that the exterior plays the role of erosive action on the temporary element that is the already exhausted promotional message. An ascetic elevation with a fork-lift truck extends the light of the place. A place one might describe as “commercial” and consumable. A slogan-place moving in a continuous systole and diastole movement, to which Juan’s arrhythmia lends a glimmer of hope. A place which remains unfinished thanks to the mutation of the message.

(Including the generational upset of “you weren’t there”).

Then, from the experience of the street, to the invariably solemn setting of the venue. Expropriation of the exhibition space and site provocation. We witness a rightful taking of possession. A rematch. The venue acts as a seductive media for the artist’s work. At the beginning, some of the clichés of commercial gigantism were approached: the large stains and the titanic letters. Now it has shifted to being an incisive reworking of the venue’s principles.
The piece has been transformed into something hidden, camouflaged and less detectable. Our view has been rerouted.
The conventions inside the gallery have be simulated in adhesive tape and reworked. For a few days the thing being devoured is not the pieces on show, but the gallery itself. In a sense the venue (or whatever we want to call it), is dismantled and surrenders to be swallowed up by the piece on show. It feels naked and vulnerable. Almost as though it were wearing the skin of another place.

This explains the makeover of textures applied to the surroundings, in the manner of 3D software.

On occasions, Juan works his graftings using materials brought directly from leftovers found around the venue. Police tape, climbing plants, ironmongery junk… On others, it is the actual amenities of the venue, including maintenance, guard routes and/or lighting whose original function is diverted for a few days in order to shake up our viewing habits. All this is accomplished in a manner that is noticeable, but not over evident. Like a guest who adapts to the accommodation offered and makes the bed on the last day.

Juan López uses similar materials, guard shifts and a mobile concept of the visitor in both his work outside and inside exhibition venues. His view, moreover, is not fixed, it travels. A view that invariably demands complicity and caution. In a small, unvoiced, but not mute, revolution.

In other words a horizontal stroll is not enough. One needs to look up and down, left and right and even ask if there is something else we are missing.
It is important that this feeling of wariness lasts, because now the artist is challenging all of us to discover him, even those of us who with premeditation and nocturnality surrender him the keys of the venue and add him to our friends. Trusting that when it is over he will take a broom and a pat on the back and leave everything just as it was before.

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DEJA TU SEÑAL DESPUÉS DEL MENSAJE

Sergio Jiménez

Inyectado por la sorpresa, uno se queda en pausa.

Sorprende verse a uno mismo enmendando paredes víctimas del desgaste; o venerando vallas ruinosas, rótulos dislocados y señalética de la red viaria de cualquier ciudad. Sorprende verse en la calle haciendo lecturas de galería. Detenido en lo que está por arreglarse, en una fisura en medio del día a día de la urbe, en una ciudad que ha sido reiniciada a través de los ojos del artista.

Frente a una voraz metástasis anunciante, Juan López restaura la sonrisa publicitaria. Pero ya no una sonrisa de “compre aquí y ahora”; de esas de amabilidad con corbata. Sino una sonrisa cálida, que culmina en confianza. Que conserva el tono, pero no las intenciones. Sus palabras llegan cuando el mercader se ha ido, como un hálito de ilusión.
¡Ánimo! - parecen decir - aún queda esperanza.

Cintas adhesivas, vinilos, cutters, cosas de bricolage y de corta y pega. Intenciones orgánicas con efecto enredadera. Material austero que del mismo modo que abre la sospecha, evoca a quién lo hizo como alguien cálido y cercano, alguien de a pie. Un mecánico de la pintada.

Juan López, equilibrista.

Destaca un dibujo practicado a través de lo residual, de aspecto improvisado: trozos de vinilo recortado, tipografías recicladas, carteles viejos… Todo actúa de mancha trepadora que prolonga la vida de un ya moribundo espacio publicitario. Y si es moribundo, es porque su llamada ya no llega, ya no se recibe. Como una llamada perdida.

Mensajes tipográficos y rotulación industrial a través de juegos de palabras, lanzando mensajes de ánimo y haciendo bromas con tono corporativo. Juan utiliza la sorpresa como recurso, escondiendo mensajes en lugares que - por el propio ritmo de la ciudad - tarde o temprano serán descubiertos por los paseantes. Un paisaje que varía.
Una voz que suena a calle, una voz que suena a empresa. Una voz sobre las palabras.

Digamos que al exterior le corresponde la acción perecedera, donde lo efímero es el mensaje promotor, ya agotado. Es una elevación ascética con carretilla elevadora la que prolonga la luz del lugar. Un lugar por así decirlo “publicitario” y consumible. Un lugar de slogan en sístole y diástole continua, al que la arritmia de Juan le da un brillo de esperanza. Un lugar que no se concluye gracias a la mutación del mensaje.

(Incluye la herida del “tú no estabas” generacional).

Luego, de la veteranía de la calle, al siempre solemne escenario de la sala.
Expropiación del espacio expositivo y provocación del lugar. Asistimos a una toma de posesión legítima. A una revancha. La sala se descubre como soporte seductor para el artista. Al principio, se acercaron ciertos tics del gigantismo publicitario: las grandes manchas y las letras titánicas. Ahora ha derivado en una reforma incisiva delos propios principios de la sala. La obra se ha convertido en algo escondido, camuflado y menos detectable. Ha habido un cambio de eje para nuestra mirada.

En su interior se da una simulación adhesiva y una reforma de las convenciones de la galería. Lo que se devora por unos días no son las piezas que en ella se exponen, sino la propia galería. En cierto modo la sala (o como queramos llamarla), se desmonta y se rinde a ser engullida por la obra. Se siente desnuda y desarmada. Casi como si le aplicaran la piel de otro lugar.

De ahí el lifting de texturas aplicado a su entorno, a modo de software de 3D.

En ocasiones, Juan aplica su injerto a través de materiales traídos directamente de las sobras circundantes a la sala. Precinto policial, enredaderas, trastos de ferretería… En otras, son los propios elementos de la sala incluyendo el mantenimiento, circuito de seguridad y/o iluminación los que son desviados de su función para, por unos días, zarandear nuestra mirada. Todo aplicado de manera que se note, pero no del todo. Como un invitado que adecua el alojamiento que se le ofrece y el último día hace la cama.

Tanto en el trabajo de exteriores, como en el de sala, Juan López comparte materiales, turnos de guardia y una concepción móvil del visitante. Así como una mirada que no es fija sino itinerante. Una mirada que continúa exigiendo complicidad y prudencia. En una pequeña revolución sorda pero no callada.

De modo que no basta con un paseo horizontal. Es necesario mirar de arriba a abajo, de izquierda a derecha e incluso preguntar por si nos dejamos algo. Es importante que perdure la sospecha, porque ahora el artista reta al cualquiera a descubrirle, incluidos aquellos que con nocturnidad y alevosía le entregan las llaves de la sala y le añaden como amigo. Confiando en que al final, con una escoba y una palmadita, lo deje todo tal y como estaba.

(bajar para versión en castellano)

LEAVE YOUR TONE AFTER THE MESSAGE

Sergio Jiménez

Injected by surprise, one remains paused.

It is surprising to find oneself mending worn down walls; or venerating ruined fences, dislocated notices and the road signs of any modern city. It is surprising to find oneself applying a gallery perspective to the street. Focussing on what needs to be fixed, on a fissure in the day-to-day cityspace and on a city that has been rebooted through the eyes of an artist.

Against the insatiable metastasis of publicity, Juan López restores the commercial smile. But it is not a friendly, tie-wearing “buy here and now” smile any more. It is a warm smile, which encourages trust. It keeps the tone, but not the intention. Its words come when the seller has left, like a breath of optimism. Cheer up! –they seem to say– there’s hope yet.

Adhesive tape, vinyl, utility knives, DIY and cut and paste stuff. Organic intentions with a creeping, climbing effect. Austere materials may raise some doubts, but they also bring to mind an affable and accessible person, who is one of us. A wall-painting mechanic.

Juan López, tight-rope artist.

A striking, makeshift-looking drawing is made from waste materials: cut-up pieces of vinyl, recycled typographies, old posters… All the elements act as a creeping stain that extends the life of an already dying advertising space. And if it is dying, it is because its message is no longer conveyed or received. Like a missed call.

Typographical messages and industrial signage in the form of wordplay, pitching heartening messages and making jokes in a corporate-sounding style. Juan uses surprise as a device, concealing messages in places where –due to the intrinsic rhythm of the city– sooner or later passersby will discover them. A changing landscape. A voice heard in the street, a voice which sounds like it belongs to a company. A voice on top of the words.

In effect, we could say that the exterior plays the role of erosive action on the temporary element that is the already exhausted promotional message. An ascetic elevation with a fork-lift truck extends the light of the place. A place one might describe as “commercial” and consumable. A slogan-place moving in a continuous systole and diastole movement, to which Juan’s arrhythmia lends a glimmer of hope. A place which remains unfinished thanks to the mutation of the message.

(Including the generational upset of “you weren’t there”).

Then, from the experience of the street, to the invariably solemn setting of the venue. Expropriation of the exhibition space and site provocation. We witness a rightful taking of possession. A rematch. The venue acts as a seductive media for the artist’s work. At the beginning, some of the clichés of commercial gigantism were approached: the large stains and the titanic letters. Now it has shifted to being an incisive reworking of the venue’s principles.
The piece has been transformed into something hidden, camouflaged and less detectable. Our view has been rerouted.
The conventions inside the gallery have be simulated in adhesive tape and reworked. For a few days the thing being devoured is not the pieces on show, but the gallery itself. In a sense the venue (or whatever we want to call it), is dismantled and surrenders to be swallowed up by the piece on show. It feels naked and vulnerable. Almost as though it were wearing the skin of another place.

This explains the makeover of textures applied to the surroundings, in the manner of 3D software.

On occasions, Juan works his graftings using materials brought directly from leftovers found around the venue. Police tape, climbing plants, ironmongery junk… On others, it is the actual amenities of the venue, including maintenance, guard routes and/or lighting whose original function is diverted for a few days in order to shake up our viewing habits. All this is accomplished in a manner that is noticeable, but not over evident. Like a guest who adapts to the accommodation offered and makes the bed on the last day.

Juan López uses similar materials, guard shifts and a mobile concept of the visitor in both his work outside and inside exhibition venues. His view, moreover, is not fixed, it travels. A view that invariably demands complicity and caution. In a small, unvoiced, but not mute, revolution.

In other words a horizontal stroll is not enough. One needs to look up and down, left and right and even ask if there is something else we are missing.
It is important that this feeling of wariness lasts, because now the artist is challenging all of us to discover him, even those of us who with premeditation and nocturnality surrender him the keys of the venue and add him to our friends. Trusting that when it is over he will take a broom and a pat on the back and leave everything just as it was before.

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DEJA TU SEÑAL DESPUÉS DEL MENSAJE

Sergio Jiménez

Inyectado por la sorpresa, uno se queda en pausa.

Sorprende verse a uno mismo enmendando paredes víctimas del desgaste; o venerando vallas ruinosas, rótulos dislocados y señalética de la red viaria de cualquier ciudad. Sorprende verse en la calle haciendo lecturas de galería. Detenido en lo que está por arreglarse, en una fisura en medio del día a día de la urbe, en una ciudad que ha sido reiniciada a través de los ojos del artista.

Frente a una voraz metástasis anunciante, Juan López restaura la sonrisa publicitaria. Pero ya no una sonrisa de “compre aquí y ahora”; de esas de amabilidad con corbata. Sino una sonrisa cálida, que culmina en confianza. Que conserva el tono, pero no las intenciones. Sus palabras llegan cuando el mercader se ha ido, como un hálito de ilusión.
¡Ánimo! - parecen decir - aún queda esperanza.

Cintas adhesivas, vinilos, cutters, cosas de bricolage y de corta y pega. Intenciones orgánicas con efecto enredadera. Material austero que del mismo modo que abre la sospecha, evoca a quién lo hizo como alguien cálido y cercano, alguien de a pie. Un mecánico de la pintada.

Juan López, equilibrista.

Destaca un dibujo practicado a través de lo residual, de aspecto improvisado: trozos de vinilo recortado, tipografías recicladas, carteles viejos… Todo actúa de mancha trepadora que prolonga la vida de un ya moribundo espacio publicitario. Y si es moribundo, es porque su llamada ya no llega, ya no se recibe. Como una llamada perdida.

Mensajes tipográficos y rotulación industrial a través de juegos de palabras, lanzando mensajes de ánimo y haciendo bromas con tono corporativo. Juan utiliza la sorpresa como recurso, escondiendo mensajes en lugares que - por el propio ritmo de la ciudad - tarde o temprano serán descubiertos por los paseantes. Un paisaje que varía.
Una voz que suena a calle, una voz que suena a empresa. Una voz sobre las palabras.

Digamos que al exterior le corresponde la acción perecedera, donde lo efímero es el mensaje promotor, ya agotado. Es una elevación ascética con carretilla elevadora la que prolonga la luz del lugar. Un lugar por así decirlo “publicitario” y consumible. Un lugar de slogan en sístole y diástole continua, al que la arritmia de Juan le da un brillo de esperanza. Un lugar que no se concluye gracias a la mutación del mensaje.

(Incluye la herida del “tú no estabas” generacional).

Luego, de la veteranía de la calle, al siempre solemne escenario de la sala.
Expropiación del espacio expositivo y provocación del lugar. Asistimos a una toma de posesión legítima. A una revancha. La sala se descubre como soporte seductor para el artista. Al principio, se acercaron ciertos tics del gigantismo publicitario: las grandes manchas y las letras titánicas. Ahora ha derivado en una reforma incisiva delos propios principios de la sala. La obra se ha convertido en algo escondido, camuflado y menos detectable. Ha habido un cambio de eje para nuestra mirada.

En su interior se da una simulación adhesiva y una reforma de las convenciones de la galería. Lo que se devora por unos días no son las piezas que en ella se exponen, sino la propia galería. En cierto modo la sala (o como queramos llamarla), se desmonta y se rinde a ser engullida por la obra. Se siente desnuda y desarmada. Casi como si le aplicaran la piel de otro lugar.

De ahí el lifting de texturas aplicado a su entorno, a modo de software de 3D.

En ocasiones, Juan aplica su injerto a través de materiales traídos directamente de las sobras circundantes a la sala. Precinto policial, enredaderas, trastos de ferretería… En otras, son los propios elementos de la sala incluyendo el mantenimiento, circuito de seguridad y/o iluminación los que son desviados de su función para, por unos días, zarandear nuestra mirada. Todo aplicado de manera que se note, pero no del todo. Como un invitado que adecua el alojamiento que se le ofrece y el último día hace la cama.

Tanto en el trabajo de exteriores, como en el de sala, Juan López comparte materiales, turnos de guardia y una concepción móvil del visitante. Así como una mirada que no es fija sino itinerante. Una mirada que continúa exigiendo complicidad y prudencia. En una pequeña revolución sorda pero no callada.

De modo que no basta con un paseo horizontal. Es necesario mirar de arriba a abajo, de izquierda a derecha e incluso preguntar por si nos dejamos algo. Es importante que perdure la sospecha, porque ahora el artista reta al cualquiera a descubrirle, incluidos aquellos que con nocturnidad y alevosía le entregan las llaves de la sala y le añaden como amigo. Confiando en que al final, con una escoba y una palmadita, lo deje todo tal y como estaba.